- 2009-01-16
Juntos pero separados: dos cuentos de Alejandra Araya



¿Qué características tiene el universo femenino? ¿Y el masculino? ¿Encontrar el amor en la pareja, es de algún modo, encontrarse a sí mismos? Dos cuentos de la escritora sanjuanina para pensar y repensar en vacaciones. Hombre que toma una lata de cerveza
Hombre que toma una lata de cerveza y mira. Hombre que toma una lata de cerveza helada. La más conocida, la que es sponsor de grandes eventos deportivos, esa. Nada de probar cosas nuevas. No. Cómo va a pedir esa de nombre difícil, o la que suena a reptil ¿Y si no le gusta? O con nombre de mujer. ¿Cómo una cerveza va a tener nombre de mujer? No. Más vale bueno conocido que malo por conocer, y hombre que toma una lata de cerveza sigue tomando su cerveza conocida y helada.

Hombre que toma una lata de cerveza prefirió sentarse adentro de la confitería por el aire acondicionado, afuera hace calor. La gente toma cerveza en verano para refrescarse. Hombre que toma una lata de cerveza está solo. Tenía unos minutos libres en su trabajo y de paso un gustito. Sólo uno, antes de volver al trabajo. Y hombre que toma una lata de cerveza se compró una lata de cerveza. En realidad no la toma, se ahoga. Cada sorbo es un placer de papilas gustativas.

Luego, se da cuenta que la muesca que permite abrir el orificio, está de más y la arranca. Así puede apoyar sin dificultad sus labios y esperar el líquido-elixir. Y se deja llevar por su lengua, sólo su lengua y el orificio-triángulo redondeado que llena cada hueco de goce ausente. Y, hombre que toma una lata de cerveza se acuerda:
-Te amo, le había dicho ella esa vez. ¿Qué vamos a hacer? -No puedo. Tengo mi vida organizada.

En su cabeza llena de lista-deberes no le cabía la idea. Claro, ella tenía razón: ¿Qué iban a hacer? Y no soportó más. Hombre que toma una lata de cerveza, ahora se daba cuenta. Tarde. Se daba cuenta muy tarde. Tal vez si hubiese apagado su cabeza, tal vez si sólo hubiese dejado un par punteados en su lista, los más importantes, tal vez si no tuviera su vida tan organizada, ella no se hubiese ido. Hombre que toma una lata de cerveza mira a un cuarentón-autosuficiente que entra con una bella mujer. Él le corrió la silla y le tomó la mano. Están en su propia burbuja. Hombre que toma una lata de cerveza se estira la remera para tratar de tapar inútilmente el abdomen que ha comenzado a insinuarse. El cuarentón: tabla de lavar, que lo parió.
Y sí, sus hijos, su esposa, su trabajo. Cuando eran chicos era más fácil. Era más lindo, salían todos juntos: él, su esposa, el más grande y el segundo que vino colado. ¿Colado? No. Fue un intento de reacomodar el matrimonio. Pero, finalmente no resultó.
Hombre que toma una lata de cerveza ya va por el final, esos últimos sorbos que, mezclados con los maníes se convierten en un orgasmo gustativo. Y recuerda: te amo-no puedo-tengo mi vida organizada.
Hombre que toma una lata de cerveza ve alejarse al cuarentón-autosuficiente con la bella mujer en la burbuja. El también ya terminó su ritual diario de solitario placer. Ahora volverá a su trabajo, luego a casa, prenderá las luces y, mientras todos duermen rogará que haya algo para comer en la heladera.

María Alejandra Araya



Mujer que come un helado

Mujer que come un helado y mira. Mujer que come un helado cucurucho. Dulce de leche, granizado y frutilla. Nada de probar cosas nuevas. No. Cómo va a pedir: sambayón con frutillas, por ej. ¿Y si no le gusta? O Panacota. Cómo un sabor de helado se va a llamar Panacota. ¿Qué? ¿Está hecho a base de pan? No. Más vale bueno conocido que malo por conocer, y mujer que come un helado sigue comiendo su helado de dulce de leche, granizado y frutilla.
Mujer que come un helado prefirió sentarse adentro de la heladería por el aire acondicionado, afuera hace calor (Nota: la gente toma helados en verano para refrescarse?) Mujer que come un helado está sola. En realidad no lo come, lo devora, lo fagocita, lo paladea. Cada cucharada es un placer de papilas gustativas. Luego, se da cuenta de que la cucharita está de más. Y se deja llevar por su lengua, sólo su lengua y el helado llena cada hueco de placer ausente. Y, mujer que come un helado, se acuerda:
-Es como chupar un helado, le había dicho su vecina.
-Qué asco.

En su cabeza llena de padrenuestros no le cabía la idea. Claro, tenía razón su vecina: era como chupar un helado. Mujer que come un helado, ahora se daba cuenta. Tarde. Se daba cuenta. Muy tarde. Tal vez si hubiese chupado más helado, su marido no se hubiera ido. O sí, quién sabe.
Mujer que come un helado mira a una rubia-autosuficiente que entra con sus hijas. Ella no come, les compró a las nenas y ella no come. Mujer que come un helado se estira la remera para tratar de tapar inútilmente su tercer rollo abdominal. La rubia: tabla de lavar, qué la parió.
Y sí, sus hijos ya están grandes. No la acompañarían a la heladería. Cuando eran chicos era más fácil. Era más lindo, salían todos juntos: Su marido, ella, los dos más grandes y el tercero que vino de “colado”. ¿Colado? No. Fue un intento de reacomodar el matrimonio. Pero, finalmente no resultó.
Mujer que come un helado ya va por el cucurucho, esa galleta semidulce que, mezclada con el helado se convierte en un orgasmo gustativo de placer. Y recuerda: es como chupar un helado. Su vecina, la gorda metida. Pero ahora está igual de gorda y con su marido al lado. Ella después que se fue su mardio, se desparramó, se convirtió en una gelatina de carne por dentro y por fuera. Sin ánimo, sin ganas, comió, comió y comió. Así la gente le decía pobrecita y le tocaba el hombro y la miraban con ojos de desgracia ajena. Al fin de cuentas, es mejor ser pobrecita, pensaba Mujer que come un helado y no como el quetejedi que se fue y es feliz.
Mujer que come un helado ve alejarse a la rubia-autosuficiente con las nenas. Ella ya terminó su ritual de solitario placer. Ahora volverá a su casa y calentará en el micro ondas lo que sobró del almuerzo.

María Alejandra Araya

 

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