La escritora sanjuanina formó parte del grupo que realizó la misma ruta que hiciera San martín.
Éste es su testimonio de la experiencia.
El C/cruce
Hoy convoco a las palabras, mis compañeras de trabajo, para referirme al Cruce de los Andes en el año del Bicentenario de la Patria. Para todos los que vivimos este hecho hubo dos cruces: El Cruce y el cruce. Sí, aunque parezca esquizofrénico lo que acabo de expresar. El Cruce en el sentido de revivir la gesta sanmartianiana dio lugar a otro cruce, a la experiencia íntima e individual de haber llegado a la otra orilla.
No voy a hacer un raconto de la vida de San Martín, ni una crónica de los sucesos andinos por los que pasó la expedición. Ofrezco a través de este texto, mi mirada de lo que yo viví.
Pasar por la misma ruta que estrátegicamente eligió San Martín y darme cuenta que esa ruta está en mi provincia, no me resultó de fácil digestión. Como tampoco adaptarme a mi mula, ni ir al baño de 3 o de a 4 compañeras detrás de una campera o de un pañuelo de cuello al que le di un valor inmenso (al pañuelo y a las compañeras, aclaro). Tampoco me era sencillo pensar en ese ejército avanzando por esos desfiladeros y valles. Y sí, es que San Martín es un héroe, me dirán. ¿Y qué es ser un héroe?, me pregunto. ¿Qué significa ser héroe en tiempos del handy, del gps y del teléfono satelital? Es interesante consultar el significado de las palabras para devolverles de esa manera su fuerza creadora. Ya que al usarlas tanto, las desgastamos, les sacamos el brillo y van perdiendo de a poco su valor, su peso específico. Héroe. Según el diccionario: “Persona que ha realizado una acción que requería mucho valor”.
En este sentido, hay una frase de San Martín que me ha llamado particularmente la atención: “Serás lo que debas ser, sino no serás nada” Conciente de su destino, aceptó los desafíos, los riesgos, el peligro, las críticas, sus propios miedos y contradicciones (¡Vamos, que era un hombre de carne y hueso!). En su interior latía una convicción: libertad para todos ¿Armó el Cruce de los Andes para que le hicieran una estatua? ¿Liberó a Argentina, Chile y Perú para salir en la tapa de las revistas? ¿Lo hizo por dinero? No, indudablemente que no. Lo hizo porque sabía que lo tenía que hacer. Nada más.
Y en este momento pienso en mis amigos expedicionarios. Sí, sé que muchos fueron porque era su trabajo, me refiero a periodistas, camarógrafos, fotógrafos, gendarmes, funcionarios. Pero podrían haber elegido perfectamente no ir, desde su libre albedrío, decir no. ¿Por qué lo hicimos entonces? O sería más adecuado preguntar, para qué. ¿Para qué hicimos este C/cruce?
Es que el C/cruce visagró mi vida de tal manera que ando creando nuevas definiciones a algunas palabras: amigo, héroe, hermano, mujer, montaña. Me quedaron costumbres nuevas en la ciudad que me plantea otros códigos: preguntar de mula a mula, “estás bien”? “Cómo estás, cómo te sentís?” No creo poder hacerlo de auto a auto sin que me miren con cara rara o ligarme un insulto. O quizá me lleve una sorpresa cuando alguien saque su cara por la ventanilla y me respondan: bien y vos? O, “se me cortó la cincha, me ayudás?”
Estamos en medio de un enorme cambio mundial e individual. Pienso que todos los que vivimos en esta época hemos elegido estar aquí para contribuir a este cambio, para promoverlo y transformar el mundo y hacer del antiguo estilo de vida, una existencia más amorosa y pacífica. Creo que también es indispensable que transmitamos la importancia de los demás, que es imposible crecer en este mundo sin asumir a los demás. De una buena vez y para siempre tenemos que ser humanos con todo el riesgo que ello significa. Una frase griega dice: “Nada de lo humano me es ajeno”, es decir: Nada de lo que te ocurra me puede dejar de pasar a mí porque estoy hecho de la misma materia que vos.
Lo que acabo de decir puede resultar una gran estupidez. Inclusive yo misma antes del C/cruce hubiera mirado con total dubitación al que me lo hubiera dicho. Pero, insisto, el C/cruce visagró mi vida y aquí estoy teniendo esperanzas en el otro que aunque sea un desconocido, que aunque piense y sienta distinto, es tan humano como yo. Aquí estoy, sosteniendo que el camino a la libertad es la verdad que habita en el corazón de cada uno. Esa voz potente que nos dice qué tenemos que hacer y nos permite apartar el miedo.
Amigos, cuando me propusieron desde la redacción del diario escribir sobre el C/cruce sentí la necesidad de hacerlo desde esa voz-verdad que tenemos en el corazón. El pasado es importante por lo fundacional, sin embargo es el presente, éste en el que estamos inmersos, el único tiempo que podemos cambiar aceptando el desafío de los C/cruces cotidianos. Permítanme contarles un cuento:
“En un oasis escondido entre los más lejanos paisajes del desierto, se encontraba el viejo Eliahu de rodillas, al lado de unas palmeras datileras.
Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis para que sus camellos abrevaran y vio a Eliahu sudando mientras parecía escarbar en la arena.
-¿Qué tal, anciano? La paz sea contigo.
-También contigo-contestó Eliahu sin dejar su tarea
-¿Qué haces aquí, con este calor y esa pala en las manos?
-Estoy sembrando-contestó el viejo.
-¿Qué siembras aquí, bajo este sol terrible?
-Dátiles-respondió Eliahu mientras señalaba el palmar a su alrededor.
-¡Dátiles! –replicó el recién llegado, y cerró los ojos como quien escucha la mayor estupidez del mundo con comprensión-. El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de anís que traigo conmigo.
-No, debo terminar la siembra. Luego, si quieres, beberemos...
-Dime, amigo, le preguntó Hakim al viejo. ¿Cuántos años tienes?
-No sé, respondió Eliahu, sesenta, setenta, ochenta...No sé...Lo he olvidado. Pero eso, ¿qué importa?
-Mira, amigo. Las datileras tardan más de cincuenta años en crecer, y recién cuando se convierten en adultas están en condiciones de dar frutos. Yo no te estoy deseando el mal. Ojalá vivas hasta los cientos ochenta años; pero tú sabes que difícilmente podrás llegar a cosechar algo de lo que hoy estás sembrando. Deja eso y ven conmigo.
El viejo Eliahu, miró con ternura al acaudalado mercader y con sabia parsimonia, le respondió:
-Mira, Hakim. Yo he comido los dátiles que sembró otro, alguien que no pensó en comerlos. Siembro hoy para que otros puedan comer mañana los dátiles que estoy plantando...Aunque sólo fuera en honor de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea.
Hakim tomando su cara y esbozando una dulce sonrisa, expresó:
-Sea, dame una pala que te ayudaré a sembrar.”
Si hoy disfrutamos de “los dátiles” es porque hace casi 200 años hubo muchos “Eliahu” como San Martín que no hicieron caso del desierto, ni del calor, ni del tiempo que tardan las palmeras en dar frutos, sólo se dedicaron a sembrar. Si hoy nuestra patria es lo que es, fue sin duda porque esos “Eliahu” no abandonaron la tarea y tiraron las semillas en el surco. ¡Qué inmensa satisfacción será que dentro de otros 30 o 50 años, y aunque nosotros no veamos la cosecha, las palmeras que hoy sembramos den sus jugosos dátiles para quienes deseen tomarlos!
Dijo Julio Verne, escritor del siglo XIX, creador de un género inexistente hasta entonces: el de la ciencia ficción: “Todo lo que una persona puede imaginar, otras podrán hacerlo realidad”, repetía cuando lo rotulaban de loco y soñador. En sus obras literarias, Verne, se adelantó más de un siglo a la tecnología del mundo actual, a los viajes espaciales, al desarrollo de las telecomunicaciones.
Sí, imaginar como acto de rebeldía. Imaginar los sueños más increíblemente bellos para nuestro país y su gente. Y también, por qué no, imaginar para crear mundos mejores desde el lugar que nos toca, desde nuestro San Juan. Porque imaginar, queridos amigos, en estos tiempos, es emprender los C/cruces cotidianos guiados por la luz que habita en nuestro corazón.
Prof. María Alejandra Araya
tana1734@hotmail.com
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